Al borde de la exclusión social

Tribuna

Opinión Jose Manuel Ramirez Navarro

DÓNDE están esos millones de parados, ese millón de hogares  donde no entra ingreso alguno,  ese 27% de personas en riesgo de pobreza, esas más de 200 familias que pierden a diario su vivienda por desahucio...?

Es lo mismo que se preguntan perplejos los analistas desde fuera de nuestro país,  cuando contrastan estas cifras con el hecho de que no se haya producido, hasta la fecha, ni un notable incremento de las situaciones de extrema pobreza, ni una conflictividad social que cualquiera de estos datos, por si solos, hace predecir.

La respuesta nos la vienen contando, desde hace tiempo, muchas trabajadoras sociales de lugares muy distintos, tanto urbanos como rurales: se están produciendo reagrupaciones familiares, hijos que tienen que volver a casa de sus padres, a veces con su propio cónyuge e hijos. Las personas mayores están actuando de salvavidas en muchas familias.Ahí está la respuesta: apurar al máximo los exiguos subsidios y ayudas sociales, algo de economía sumergida y, sobre todo, esa última red de protección social que ofrece la familia.

Cuando tanto se venía hablando de la fragilidad de las redes familiares, de la crisis del modelo tradicional de familia, justo entonces la familia tradicional está siendo capaz de soportar los demoledores efectos de la crisis sobre millones de españoles y sobre el conjunto de la sociedad. En un estudio reciente se afirmaba que en 2010, las personas mayores declaraban ayudar a sus familiares económicamente en un 13,9% de los casos y reconocían ser ayudados por familiares en  un 8,4% de los casos. En 2012 los mayores de 65 que reciben ayuda económica de familiares se habrían reducido al 6,1% mientras declara ayudar a familiares en un ¡42,2%! de los casos.

Bien es cierto que lo está haciendo a costa del extraordinario sufrimiento de una generación que alimentó sus sueños de progreso poniendo sus esperanzas más en sus hijos que en ellos mismos. Por eso, a las penurias que esta situación representa para sus exiguas pensiones, hay que añadir el sufrimiento que supone la frustración de ver regresar a sus hijos derrotados y con un futuro más que incierto y mucho menos prometedor que el que ellos mismos tuvieron, a pesar de las adversidades.

Son situaciones dramáticas que padecen  quienes, justo ahora, con su jubilación garantizada y con los hijos ya criados, podían  disfrutar de la mejor situación de su vida. Se les está arruinando, literalmente, la vida, su merecida jubilación (jubilación viene, no lo  olvidemos, de "júbilo"). El retorno de sus hijos ya emancipados al hogar está frustrando  muchos proyectos vitales y desestabilizando la vida cotidiana familiar, haciendo aflorar multitud de conflictos y situaciones angustiosas: cambios de humor, discusiones, agresividad, tristeza, maltrato psicológico, trastornos ansioso depresivos..., que conllevan pérdidas de relaciones y de vida social, y un retroceso generalizado en su calidad de vida.

Situaciones que no siempre son reconocidas a tiempo –se reacciona frecuentemente negando la realidad–, y con extraordinarias dosis de vergüenza, por lo que cuando llegan a los servicios sociales suelen estar tan deterioradas, que no cabe otra cosa que parchear con pequeñas ayudas que, en ningún caso pueden resolver situaciones de tal gravedad. Si a ello añadimos la desmotivación que  acompaña estas situaciones, es fácil entender la dificultad para superarlas. Pero, a pesar de todo, ahí están las familias, los padres ya mayores, los jubilados, supliendo la responsabilidad de un Estado con unos servicios sociales paupérrimos. Un Estado en el que cada vez que alguien ha hablado de apoyar a la familia, lo que ha hecho realmente es trasladarle toda la carga y toda  la responsabilidad de atender a las personas vulnerables, dependientes y, ahora, a sus miembros empobrecidos.

No ha habido en España una decidida política de apoyo a las familias, para liberarlas de las obligaciones materiales y de cuidados, y permitir que cada uno de sus miembros pudiera desarrollar su proyecto vital con libertad, hombres y mujeres, jóvenes y mayores.

Y que desde ese proyecto vital, pudieran disfrutar libremente de la familia como espacio de convivencia, de afectos y de intimidad. Los datos anteriores nos impelen a actuar de inmediato. No son sino la punta del iceberg de la realidad social que asoma indicándonos que lo que está ocurriendo en millones de hogares españoles no puede desembocar sino en una seria regresión social de la que costará décadas recuperarse. Los efectos  de esta regresión se prolongarán si no se aborda la situación con intervenciones competentes y de manera urgente.

Nos preguntamos, con auténtica preocupación, hasta cuándo esta red familiar y, particularmente, nuestros mayores, van a ser capaces de soportar esta situación y de suplir las carencias de un Estado como el nuestro  en materia de protección social. Porque el que puedan seguir soportando mucho más tiempo esta situación, entonces estaremos al  borde del precipicio, pero ya sin red

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